La promesa rota
Cuando Estados Unidos, México y Canadá presentaron su candidatura para el Mundial 2026 hace siete años, los responsables del fútbol estadounidense prometieron entradas a 21 dólares en la fase de grupos. Una Copa del Mundo accesible, para todos, en el continente americano.
Lo que ha pasado es lo contrario.
Los precios que lo dicen todo
La entrada VIP para la final en el MetLife Stadium de Nueva Jersey: hasta 33.000 dólares. La entrada más barata para la final en reventa: 7.700 dólares. Llegar al estadio en helicóptero privado: hasta 30.000 dólares por grupo de ocho personas, según datos de Bloomberg.
Los paquetes de hospitalidad arrancan en 1.500 dólares por partido en categoría estándar y superan los 20.000 dólares en las experiencias premium. Si un aficionado comprara una entrada para cada partido de su selección hasta la final, el coste total superaría los 7.000 dólares, según la Federación Inglesa de Fútbol.
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Las entradas de fase de grupos costaban de media 730 dólares en abril. Bajaron un 22% en mayo hasta unos 550 dólares tras una oleada de críticas. La FIFA lo vendió como una concesión. La realidad es que la demanda no acompañaba los precios.
La respuesta de Infantino
Ante el Congreso de Estados Unidos y en una conferencia en Beverly Hills, el presidente de la FIFA Gianni Infantino defendió la política de precios con un argumento llamativo: las entradas terminan en sitios de reventa a precios todavía más altos, así que el problema no es la FIFA. Es el mercado.
La organización Football Supporters Europe (FSE) respondió calificando los precios de «exorbitantes» y pidiendo a la FIFA que paralizara la venta hasta encontrar «una solución que respete la tradición, la universalidad y la importancia cultural de la Copa del Mundo». La petición fue ignorada.
El modelo que nadie quiso ver
El Mundial 2026 no es una anomalía. Es la culminación de un proceso que lleva décadas en marcha. La FIFA ha transformado la Copa del Mundo en un producto de entretenimiento premium, con un modelo de hospitalidad corporativa, exenciones fiscales para sus patrocinadores y precios de mercado dinámicos importados directamente del negocio del entretenimiento estadounidense.
El resultado es un torneo con 500 millones de solicitudes de entradas, según datos de la propia organización, y una final que solo pueden ver en directo quienes tienen tarjeta de crédito sin límite o empresa que les pague el viaje. La FIFA generará ingresos históricos. El aficionado que no puede permitirse 550 dólares por una entrada de fase de grupos lo verá por televisión.
Que es, en definitiva, donde la FIFA quiere que lo vea.
Toda la información sobre la inversión en el fútbol mundial refleja esta tendencia: el fútbol como producto financiero ha dejado de ser compatible con el fútbol como patrimonio popular. El análisis de los estadios del Mundial 2026 muestra que las inversiones en infraestructura hospitalaria y VIP han multiplicado los ingresos por partido a costa de reducir el porcentaje de entradas accesibles para el público general.




