Cuando la grada convierte a Rafa Mir y al árbitro en culpables de un mal mayor
El Sánchez-Pizjuán siempre fue un volcán capaz de inclinar partidos con su rugido. Hoy, sin embargo, su furia se concentra en los objetivos equivocados: Rafa Mir, señalado por sus fallos, o el árbitro de turno, convertido en villano circunstancial. Mientras tanto, los verdaderos responsables, José Castro y quienes han diseñado una plantilla desequilibrada escuchan un murmullo de fondo mucho menos ensordecedor. El delantero puede fallar y el colegiado puede equivocarse, pero ninguno de ellos rebajó el nivel competitivo del Sevilla ni desarmó un proyecto que parecía eterno.
El síntoma se castiga, el caos se protege
La pasión no ha desaparecido del Pizjuán, pero se ha desviado. El estadio descarga su bilis contra lo visible y cercano, convirtiendo a un nueve errático en chivo expiatorio. En paralelo, la gestión deportiva y financiera que ha llevado al club a la incertidumbre queda en segundo plano. Es un error colectivo: se castiga el síntoma y se protege, sin querer, a la enfermedad. El rugido, antaño tribunal implacable, se ha convertido en simple válvula de escape emocional que ahorra incomodidades a los que realmente mandan.

Lee también
Un rugido mal dirigido es casi un silencio
La paradoja es cruel: el mismo estadio que fue temido en Europa por su capacidad de helar a los rivales ahora amortigua a quienes deberían sentirse señalados. Y en ese rugido mal dirigido se resume la decadencia sevillista de los últimos años. El problema no es que el Pizjuán ya no grite; el problema es que grita demasiado alto contra quienes menos importan. Y en fútbol, como en la vida, un rugido desviado acaba valiendo lo mismo que un silencio.




